Domingo, Diciembre 17, 2017

Agua de Azar
El lábaro sangrante
Jorge F. Hernández

MTI Milenio/Jorge F. Hernández
Publicada: Diciembre 07, 2017

TEXCOCO.- A Patricia Mora Herrera la asfixiaron a 80 metros de la puerta de su casa en Zacapoaxtla, Puebla. Tenía 43 años de edad y era madre de dos hijos; estaba casada desde hace 26 años. Era ingeniera industrial con maestría en innovación educativa, con una década de impartir clases de nivel medio superior no solo en Matemáticas y Física, sino también en todas las demás materias que, por falta de maestros, requerían sustitutos ante el pizarrón. Patricia había organizado equipos de ajedrez, y escuadras varoniles y femeninas de basquetbol y futbol… La asesinaron a 80 metros de la puerta de su casa y a 30 metros de la base de la Policía Estatal.

De lejos, todo parece quieto al son de Moncayo, hasta que los noticieros del mundo se encargan de enfocar las nuevas caras de la corrupción y el despilfarro, la suma de 125 mil muertos en los años recientes, y la descarada eliminación metódica de periodistas de investigación; la hipocresía imbécil de los poderosos que se dicen buleados por una sociedad que vive en el hartazgo y la intimidación constante, y entre los placebos ya caducos del silencio. Uno vuelve a México y en pocos minutos confirma la bondad singular y la sobresaliente hospitalidad de la mayoría, pero también la duda inevitable de que alguien anda cerca para robarnos, y la noción inapelable de que mientras hablamos han secuestrado o asesinado a una mujer, que es todas y la misma, en un paisaje que ya cubre la totalidad del territorio.

El lábaro patrio gotea sangre desde hace una década y en los pasados años se ha teñido tanto de rojo que los pabellones ya son negros, sin águila ni serpiente, sobre todo por el imperdonable, cíclico y ancestral machismo descarnado con el que se ha asesinado, abusado, mancillado y denostado a las mujeres que nos dieron Patria. Más bien, Matria: la de todos la que ha sido sucesivamente violada en descampados y maltratada en las nóminas. Bandera de sangre (la única del mundo que muestra a un animal devorando a otro) que ahora deshonra a los que le hacen firmes y saludo marcial, brazo al pecho de la mentira y el abuso, de la lenta caries con la que se han cargado literalmente a lo que ellos creen que es el país, olvidando que México está en las legiones de honestos trabajadores y millones de mujeres que sostienen el hogar de sus hijos y sus tareas, en la callada honra de quienes barren la banqueta y cuidan un rosal, en la manera con la que muchos evitan mentarle la madre a los autobuses del abuso y en el paisaje inmarcesible de una nación rica en todo, abundante en todo, incluso en la mala saña y malversación de los rateros, corruptos y plagiarios impunes.

México vive la ya dilatada oleada del hartazgo de millones de mujeres muertas que han de levantarse con el puño en alto, con el ¡Silencio! de una marcha incontenible que intente hacer justicia ante tanta impunidad. Hablo de todas las muertas que han de llenar las calles con todas las vivas que solo esperan el parpadeo una larga pestaña para denunciar, de una vez por todas, a todos los abusadores a la Harvey Weinstein que han trepado en las esferas de no pocas empresas y secretarías del gobierno con el impulso de su libido. Millones de mujeres que han de pintarle de rosa las franjas a la bandera que han pisoteado sus supuestos guardianes, y guardarle entonces un minuto de silencio a Patricia Mora Herrera y miles de mujeres que han muerto en idéntica situación de negligencia, intimidación y horror.

La pesadilla se extiende a los familiares que han tenido que soportar el acoso de las supuestas autoridades, los municipios con policías de pacotilla, funcionarios coludidos, enredos leguleyos que avalan la impunidad y el olvido. Cientos de municipios sin Ministerio Público o con el código penal colgado en la letrina para un uso dizque higiénico; pueblos donde el jefe de la Policía anda en la patrulla para comprar su mandado, y en donde los deudos de una mujer que tenía toda la vida por delante tienen que pagar de su bolsillo los utensilios con los que se le practica la autopsia a su ser más querido. Hablo del padre de la víctima y de todas las víctimas que no tienen por qué recibir amenazas de las supuestas autoridades por la tinta con la que escribo estas líneas con la absoluta convicción y un enojo incontenible… hasta que todas, Una, Algunas, Ellas, Ésas, Otras, Todas vivas o muertas tomen las calles y cuenten con mis párrafos para que por lo menos no se pierda en la amnesia el inmenso error del horror que mancha la bandera

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